martes, 15 de diciembre de 2015

Eyacular antes de lo deseado



En esta ocasión, recupero parte de otro de mis artículos para la página de Familia y Salud de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria. Esta vez, sobre la eyaculación precoz. Aquella que se produce antes de lo deseado por el varón. 


¿Qué es la eyaculación precoz?

Es aquella que se produce antes de lo deseado. El hombre que la padece se siente insatisfecho con el tiempo que trascurre antes de su eyaculación. Además, esto le ocasiona frustración e inseguridad, y disminuye su disfrute. Es decir, le aleja de una sexualidad feliz.


¿Por qué se produce?

El varón es incapaz de controlar voluntariamente la eyaculación; de tal forma que, una vez que se excita eyacula rápidamente.
Lo que pasa es que disminuye su percepción de las sensaciones previas al orgasmo. Esto le impide tratar de controlarlas. Estas sensaciones son de gran importancia, pues también pueden y deben disfrutarse. Por lo tanto, el problema no reside tanto en el tiempo, como en la falta de control. Y esta falta de control se presenta con más frecuencia en las primeras relaciones eróticas.


¿Puede controlarse el momento de la eyaculación?

Sí… pero cuidado y sin convertirlo en el único objetivo. Si el varón está muy pendiente de la llegada de la eyaculación, no lo estará de otros detalles. Por ejemplo, de las necesidades de su pareja. O, incluso de los matices del momento concreto. La atención es limitada, por lo que deberá repartirla adecuadamente.

Si para evitar la eyaculación precoz se opta por métodos de distracción, se estará cometiendo un gran error. Es el caso de los que recurren a pensamientos o imágenes desagradables. Al desviar la atención hacia esos contenidos, disminuye su excitación, perdiendo la posibilidad de disfrutar de ese momento.

Pero además, existen otros factores que pueden jugar en su contra. Por ejemplo, disponer de un tiempo restringido, sentirse presionado o encontrarse cansado. Los dos primeros son muy comunes en los adolescentes, quienes cuentan con espacios y tiempos limitados para sus encuentros íntimos.



Si deseas leer el artículo al completo, pincha en el siguiente enlace:

martes, 17 de noviembre de 2015

Secretos


Hablemos de secretos... ¿Es bueno o malo tener secretos? ¿Qué clase de secretos guardamos? ¿Por qué? ¿Qué consecuencias tiene contarlos?


Hay secretos que contamos a solo a nuestros más allegados, sabiendo que los guardarán con el mismo cuidado que nosotros. Secretos que en realidad son un secreto a voces, y que, lo contemos o no, se saben. Secretos que corren como el agua en una cascada. Y, por último, secretos que nunca hemos contado y nunca contaremos.
Nuestros secretos nos mantienen a salvo. Nos protegen de posibles prejuicios y perjuicios. Nos hacen sentir que tenemos nuestro pequeño espacio privado. Donde nadie más puede entrar. Donde no queremos que nadie entre. Son esos pensamientos, esas ideas, esas experiencias que nunca te atreverías a contar. Porque incluso a ti, a veces, te asustan. Los secretos pueden hacernos sentir libres o prisioneros. Libres de poder pensar, sentir, actuar con total impunidad, en ausencia de la mirada evaluadora de los demás. Prisioneros de no poder soportar nuestros propios secretos.


¿Por qué guardamos un secreto?

La respuesta depende de a qué se refiere dicho secreto. No es lo mismo guardar un secreto personal o familiar, que guardarle el secreto a un amigo. Ni tampoco es lo mismo si se refiere directamente a nosotros mismos o a otros. Sabemos que si revelamos el secreto de otro, estaremos traicionando su confianza, lo que ocasionará una brecha en la relación. O, si se trata por ejemplo de un psicólogo, estaría violando su ética profesional. Sin embargo, cuando revelamos un secreto personal, somos nosotros mismos nuestros jueces. Solemos encontrarnos ante la tesitura de escoger entre contar aquello que nos obsesiona y arriesgarnos a ser juzgados, o podemos seguir escondiendo nuestras miserias para ahorrarnos juicios que nos importunen. También podemos pensarlo de la otra forma: revelar nuestro secreto puede ayudar a que nos encontremos mejor o incluso a que encontremos comprensión y consuelo, o bien podemos ocultarlo y sentir un malestar que no cesa. El balance entre costes y beneficios será lo que hará que nos decantemos por una u otra opción. Y es que en muchas ocasiones no es hasta que nos encontramos realmente angustiados cuando decidimos soltar esa pesada carga.


¿Cuáles son las consecuencias de guardar un gran secreto? 

En un estudio publicado en 2012 en el Journal of Experimental Psychology, se pidió a 40 personas que habían sido infieles a sus parejas que expresaran cómo de pesadas les parecían una serie de tareas cotidianas, como subir unas escaleras con unas bolsas en la mano. Aquellos que consideraban que su infidelidad era un pensamiento recurrente y angustioso en sus mentes, describían las tareas como más agotadoras.

En la misma dirección, varias investigaciones apuntan a que las personas que guardan secretos son más propensas a desarrollar problemas físicos y psicológicos. Desde este punto de vista, la enorme carga de tener un secreto, podría llevar a unas consecuencias psicosomáticas como dolores de cabeza o musculares. Por el contrario, aquellos que se liberaban de su secreto más profundo, mejoraban notablemente tiempo después.


¿A quién le contamos nuestros secretos?

Es evidente que solo contaríamos nuestros secretos más íntimos a personas en las que creamos que podemos confiar. Quizás sean nuestros familiares, nuestros amigos o nuestra pareja. O quizás preferimos tirar de profesionales como el médico o el psicólogo. O tal vez prefiramos confiarlos al sacerdote. 

Algo interesante de los secretos es que, de contarlos, no siempre se busca una solución o consejo sobre los mismos. Sin embargo, las personas solemos verter nuestras opiniones y consejos a los comentarios que nos hacen los demás, pensando que, quizás, es eso lo que buscan. Sin embargo, muchas personas logran la misma sensación de “desahogo” cuando dirigen sus secretos a su Dios, lo cual también es perfectamente válido.

¿Qué tipo de secretos ocultamos?

A menudo, aquellos que llevan de la mano una inseguridad, una experiencia de fracaso, una verdad que sabemos que podría acabar con algo que valoramos. Escondemos aquello que sabemos que puede hacer daño a una persona que queremos. Una vivencia traumática que no queremos rememorar. Una acción que sabemos que los demás juzgarán como equivocada. Un pensamiento que esperamos que se pase, para así no tener que sentir que lo estamos ocultando.